La alegría del apéro de los viernes

Artículo publicado en CTXT el 14/11/2015

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“Se llamaba Les Éditions Kalachnikof. La fundaron en 1992 Philippe Val, Gébé, Cabu y Renaud para relanzar el semanario satírico Hara-Kiri, nacido en 1960 y que había cambiado de nombre y de formato en varias ocasiones. De sus cenizas nació el Charlie Hebdo que conocemos hoy. El mismo que, a primera hora de la mañana del 7 de enero de 2015, era solo una reliquia del mayo del 68, de la que todo el mundo hablaba pero que casi nadie leía ya.”

Así comenzaba el artículo de portada del primer número de CTXT, que iba a llevar por título París, año cero y que no llegó a publicarse, por empeño mío, a pesar del buen hacer de María Valderrama. Con ella, desde el primer encuentro en el bistrot Le loir dans la théière, compartí la crónica no escrita de aquellos cuatro días de enero: el directo desde el boulevard Richard Lenoir esquina con Allée verte, las conexiones con radios y televisiones de España y América Latina, la llegada de los supervivientes de la redacción de Charlie Hebdo a los locales de Libération, el minuto de silencio en el Parvis de Notre Dame, los lápices y bolígrafos como símbolo de resistencia apuntando al cielo, la multitudinaria marcha republicana del domingo posterior y alguna Marsellesa entonada a lo Viktor Lazlo en Casablanca.

Nunca me gustó el humor de Charlie Hebdo, que apenas conocía por sus portadas, pero si me obligan a elegir entre la zafiedad o el silencio impuesto a golpe de Kalachnikov, me quedo con la más vulgar de las viñetas de Charb. Y si tengo que escoger entre la sobriedad perpetua y el borracheo de fin de semana, que me pongan otro gin-tonic. Si nos quitan la libertad de expresión, la música, el deporte, las cañas de los viernes al salir de trabajar y esa mirada furtiva que acabas de robar a una desconocida… ¿qué nos queda?

El cruce de las calles Alibert, Bichat y Marie et Louise es una referencia en la zona del Canal, en el 10ème arrondissement, un lugar habitual para el apéro de los viernes y sábados por la noche. Está a cinco minutos de Chez Prune, clásico punto de encuentro. En tres de las esquinas del cruce de estas calles hay sendos locales frecuentados por gente joven (de la que hace quince o veinte años que ha dejado atrás la primera adolescencia), muchos bobós, también gente del barrio. La cuarta esquina la ocupa el Hospital Saint Louis. Es habitual tomarse una o varias demis en la terraza de Le Carillon, a menudo de pie, esperando a que se libere una mesa para cenar en Le Petit Cambodge o en el Marielouise (por alguna razón que desconozco, este último ha salido prácticamente indemne de los ataques de ayer, quizás debido al sentido único de circulación de la calle Alibert). Y si no se libera ninguna mesa, lo suyo es pasarse a las pintas.

No suelo hablar mucho de los atentados de Charlie Hebdo, o lo hago con evasivas y generalidades, pero hace unos meses charlaba con Agustín, precisamente en la terraza de Le Carillon, sobre aquellos cuatro días de enero. Recuerdo que alguien en el grupo dijo “es como si ahora alguien nos dispara con un Kalachnikov desde uno de esos coches”. No fue entonces, pero podía haber sido.

Todavía no he reunido el valor para informarme sobre el lugar preciso y los detalles de los demás atentados, aunque el Bataclan (las noches de alegría que nos ha dado) ha debido de ser un infierno, con ese pasillo profundo y estrecho, y la iluminación propia de un concierto.

Doy gracias al azar porque Fred, en su moto, haya podido llegar a casa sana y salva, con la retina impresa de cuerpos en el suelo. Me reconforta que Nico, desde nuestros recuerdos en el Ártico, me transmita que la atmósfera es pesada pero que siente a los parisinos combativos. Hélène me habla de una herida de bala en la mano. Y no consigo dejar de pensar en las camareras de Le Carillon y de Le Petit Cambodge. No sé qué habrá pasado con ellas. Hubo un momento en que alguna usaba parte del dinero del bo bun que yo cenaba para financiarse las clases de economía que yo mismo impartía en la universidad.

Ahora que vivo en ninguna parte, han entrado en mi casa y se han llevado a mi gente.