Anne Hidalgo, Felipe VI y el homenaje a “la Nueve” en París

Artículo publicado en CTXT el 19/06/2015

logoctxtCoincidiendo con la reciente visita de Estado de Felipe VI a Francia, el ayuntamiento de París rindió un homenaje a los republicanos españoles de “la Nueve” (que los franceses pronuncian así, en castellano). Enrolados en las filas del General Leclerc, lucharon contra el Afrika Korps del Mariscal Rommel, liberaron París viniendo desde Normandía y llegaron hasta el mismo Nido de Águila de Adolf Hitler. Vean el documental “La Nueve ou les oubliés de l’histoire”, de Alberto Marquardt (2009).

Las críticas por la presencia de Felipe VI en el acto celebrado en el Hôtel de Ville de París, cuyos jardines han pasado a llamarse “Jardin des Combattants de la Nueve”, no se hicieron esperar. Supongo que es la consecuencia lógica de los ochenta años (o más) que llevamos sin digerir nuestra propia Historia.

Anne Hidalgo, alcaldesa de París, catalizó las reacciones más abiertas al referirse a Felipe VI como “el rostro de esa España joven, reconciliada, que ha pasado la página de sus horas oscuras”. La frase dice lo que dice. Pero no voy a dedicar este post al debate sobre la reconciliación y las páginas oscuras. Voy a centrarme en que, valorando el fondo y la forma del discurso completo, en su contexto, Anne Hidalgo hizo y dijo cosas sustanciales que merecen más atención. Homenajear a la Nueve es tejer uno de esos hilos invisibles que cosen el mundo civilizado. Y así lo hizo sentir la Alcaldesa de París a lo largo de toda su intervención.

En primer lugar, por obvio que parezca, fue ella quien promovió el homenaje a la Nueve. ¿Que llega tarde? Sin duda. Tarde llegan muchas cosas. Y otras no llegan nunca. ¿Alguien se acuerda de que tenemos enterrado en París al último presidente del Gobierno de la República española en el exilio, fallecido en el olvido cuando hacía años que España era ya una democracia? A este paso también será Francia el primer país en rendirle homenaje, antes incluso de que la inmensa mayoría de españoles conozca siquiera su nombre.

En segundo lugar, es cierto que el homenaje podría haberse hecho al margen de la visita de Estado de Felipe VI, con la presencia de cualquier otro alto cargo del Gobierno. Muchos lo habrían considerado más conveniente. Pero también habría sido críticable. El homenaje tuvo lugar. Y se hizo razonablemente bien, con buena voluntad por ambas partes.

En tercer lugar, el discurso de Anne Hidalgo fue más allá de lo puramente institucional y protocolario. Tocó la fibra sensible de los presentes al recordar cómo el capitán Dronne describía en sus memorias el asombro de los parisinos que escuchaban hablar castellano el día de la Liberación (no, no eran americanos). Y, por supuesto, homenajeó a Rafael Gómez y a Luis Royo Ibáñez, dos supervivientes de “la Nueve”, nonanegarios ya, ausentes del acto por motivos de salud, por haber “mostrado al mundo entero que la libertad no era negociable”.

Habló también de inmigración, desde su experiencia personal, y del miedo al otro; de Jorge Semprún y la multiculturalidad; y de las “flores frágiles de lo diferente”, citando a Claude Levi-Strauss. Elogió a tantos españoles que, durante el siglo XX, “junto a sus delgadas maletas y su mano de obra, trajeron a Francia el alma de España”. Habló de cómo “la promoción de la cultura y del idioma de los inmigrantes no suponen un peligro sino, al contrario, son la garantía de una buena integración.” Habló de ser española, de ser francesa, de ser europea.

Y no, en el versallesco salón de honor del Hôtel de Ville de París, Anne Hidalgo no tuvo un trato condescendiente con ningún rey. No hubo renuncia a los valores republicanos. Hubo el debido respeto institucional al Jefe de Estado de un país que también es el suyo. De hecho, en un momento dado, Anne Hidalgo abandonó el francés para que Ana Hidalgo (nacida en San Fernando, Cádiz) le dijera a Felipe VI en un correcto castellano: “Su Majestad, no es solamente la Alcaldesa de París quien os lo dice, sino la republicana educada en el recuerdo de los Republicanos”. Y no pasó por alto, tan valiente como cortés, que “en las horas oscuras de la Dictadura, París fue el refugio de numerosos españoles que esperaban encontrar al otro lado de los Pirineos una vida mejor de acuerdo a sus convicciones profundas.” Lo dijo alguien a quien, como tantos otros, su país natal le retiró una nacionalidad que no recuperó hasta 2003.

Ningún otro discurso de ninguna otra autoridad durante esa visita de Estado tuvo el calado, la brillantez y la emoción del que pronunció Anne Hidalgo el pasado miércoles 3 de junio en el Hôtel de Ville. Cerró citando a Lope de Vega: “Pero queda el blasón tan diferente / que sus águilas siempre están de espaldas, / y éstas han de mirarse eternamente.”

Chapeau, Madame.