De Atenas a Berlín pasando por Versalles

Artículo publicado en CTXT el 05/03/2015

logoctxtEl 5 de junio de 1919, en la recta final de las negociaciones sobre las condiciones de paz en Europa tras el fin de la Primera Guerra Mundial, el primer ministro británico Lloyd George recibió una misiva firmada por uno de sus asesores económicos: “Ya no puedo hacer nada bueno aquí. Incluso durante estas últimas terribles semanas he seguido teniendo esperanzas de que encontraras alguna forma para hacer del Tratado un documento justo y oportuno. Pero ahora aparentemente es demasiado tarde” (1).

John M. Keynes, así se llamaba el asesor de Lloyd George, no sólo abandonó las negociaciones del Tratado de Versalles sino que cuando éste se firmó ya había dimitido de su cargo en el Tesoro británico. Antes de terminar el año publicó Las consecuencias económicas de la paz, acaso su obra más lúcida, un relato de calidad literaria sobre la atmósfera de intransigencia, nacionalismo y cerrazón intelectual en que se decidieron las condiciones de paz. Es también, sobre todo, una crítica fundamentada al montante de las reparaciones de guerra exigidas a Alemania.

En su momento el libro escandalizó a muchos lectores por su acidez. Keynes describe a Georges Clemenceau, presidente de la República Francesa, “entronado, con sus guantes grises, en una silla brocada, con el alma reseca y vacío de esperanza, muy viejo y cansado, pero inspeccionando la escena con un aire cínico y casi pícaro”. Y dice de él que “lo único que podía hacerse era tener ideas diferentes acerca de la naturaleza del hombre civilizado, o por lo menos entregarse a otras esperanzas que las suyas”.

Keynes cuenta que Woodrow Wilson, presidente de los Estados Unidos, quería que el Tratado fuera “una lección histórica, así los pueblos sabrían que no podrían hacer nada semejante a lo que intentaron los alemanes sin sufrir un castigo muy severo”. Uno de los argumentos de los Estados Unidos para no ser clementes con Alemania fue que cualquier ayuda que ellos prestasen serviría in fine para que el Reino Unido y Francia obtuviesen un incremento en las reparaciones de guerra.

En Versalles había dos tipos de cifras y un gran problema. Por una parte estaban las cifras sobre lo que se consideraba que Alemania tenía que pagar en compensación por “su agresión por tierra, mar y aire” (la delegación británica había puesto especial empeño en el término “agresión” en lugar de “invasión”, inicialmente previsto), y por otra estaban las cifras sobre lo que Alemania podía pagar. El problema, claro, es que ambos tipos de cifras eran incompatibles.

Todo esto está muy lejos de lo que hoy sucede entre Atenas y Bruselas, Berlín mediante. No ha habido guerra alguna, ni invasión, ni agresión, sino la combinación de tres elementos perniciosos que ambas partes deberían admitir: un diseño incompleto de la zona Euro que la hace ineficiente, una laxitud presupuestaria griega absolutamente irresponsable que viene de largo, y un jarabe de austeridad que no ha hecho sino empeorar la situación del enfermo. La semejanza con el ayer consiste en distinguir entre lo que Grecia debería pagar y lo que razonablemente puede pagar, de la manera más aséptica posible.

Una forma de dar contexto a lo que Grecia puede pagar viene dada por lo que se conoce como análisis convencional de la sostenibilidad de la deuda pública. Este tipo de análisis utiliza una ecuación elemental que relaciona la deuda y el superávit primario con el crecimiento económico, la inflación y el tipo de interés (ahorraremos al lector su expresión algebraica). De ella se deduce, partiendo de la ratio de deuda actual y suponiendo que no haya más ajustes que afecten significativamente al déficit público por causa de rescates bancarios, lo siguiente:

  • Con un superávit primario en el entorno del 1,5%, como parece ser que propone Atenas, las opciones de reducir la deuda al 60% del PIB preconizado por Maastricht en treinta años pasan por que su economía crezca al menos al 5% anual en términos nominales (mitad crecimiento real, mitad inflación), siempre y cuando el tipo de interés pagado por la deuda sea estrictamente inferior al 3,0% (actualmente está en el 2,5%).
  • Si Grecia fuera capaz de ajustarse a un superávit primario en el entorno de 4,5%, que es el objetivo fijado por Bruselas para 2016, sería posible llevar su ratio de deuda al 60% en un plazo de veinte años con una tasa de crecimiento nominal del 4% y un tipo de interés estrictamente inferior al 3,0%.

A la hora de arbitrar el pulso entre el 1,5% de Atenas y el 4,5% de Bruselas conviene tener en cuenta que, en cualquier caso, el control de los tipos de interés requerirá la tutela e intervención de las instituciones europeas. No es algo trivial.

Pero, sobre todo, conviene que en la mesa de negociaciones no olviden que la ecuación convencional de sostenibilidad de la deuda pública es una mera relación contable. No tiene en cuenta el impacto negativo que la contracción de la actividad del sector público tiene sobre el crecimiento económico. Todo lo que dice esta ecuación es que si la economía griega es capaz de crecer al 4% nominal al mismo tiempo que su sector público se aprieta el cinturón por importe de 4,5 puntos de PIB anuales (además de los intereses de la deuda), entonces sería posible llevar su ratio de deuda al 60% en un plazo de veinte años. “Si”, “al mismo tiempo que” y “entonces” no son detalles. ¡A ver si todo el problema de la austeridad expansiva es ese, una cuestión de anumerismo funcional!

Atenas y Bruselas deberían jugar menos con la estrategia y hablar con transparencia de números. No vayamos a hacer como en el Tratado de Versalles, donde se acordó algo incumplible. El 3 de mayo de 1919, casi dos meses antes de la firma, Woodrow Wilson escribió a Lloyd George en los siguientes términos: “Habéis sugerido que todos nosotros abordemos el problema de ayudar a Alemania a levantarse, pero ¿cómo puede esperarse que vuestros expertos y los nuestros diseñen un nuevo plan para proporcionar capital a Alemania cuando deliberadamente empezamos quitando a Alemania todo su capital actual?” (3). Pues eso.

Notas:

(1) John Maynard Keynes. La biografía definitiva del economista más influyente de nuestro tiempo, p. 339; Robert Skidelsky, RBA, 2013.

(2) El análisis de la economía española, p. 260; Servicio de Estudios del Banco de España, Alianza Editorial, 2005.

(3) Citado en The Collected Writings of John Maynard Keynes, Vol. XVI, p. 441; Cambridge University Press, 2012.