A propósito de Piketty, el Financial Times y el retorno a Downton Abbey

Artículo publicado en eldiario.es el 21/06/2014

Pocas veces un trabajo de naturaleza académica ha tenido el impacto mediático de Le capital au XXIe siècle, del economista francés Thomas Piketty. Editado en 2013 en francés y traducido recientemente al inglés (todavía no existe versión en castellano), se trata sin duda del libro de economía más influyente de los últimos tiempos.

La piedra angular de Le capital au XXIe siècle es la comprobación empírica de que, en términos históricos, el rendimiento del capital no solamente ha sido estable sino que ha sido superior a la tasa de crecimiento de la economía (que sí ha conocido fluctuaciones importantes). Esto significa que el patrimonio de los rentistas tiene tendencia a acumularse más rápidamente de lo que es posible distribuir la riqueza a través de los salarios y de la producción.

Piketty no sólo analiza y cuantifica, con un vasto trabajo estadístico, el fenómeno de la concentración de la riqueza, sino que va más allá y lo presenta como una dinámica propia del capitalismo.

Al mismo tiempo, Le capital au XXIe siècle identifica una excepción notable a esta tendencia natural: la mejora en la distribución de la renta experimentada por las economías occidentales durante la mayor parte del siglo XX.

Piketty atribuye esta mejora a la destrucción de capital causada por las dos guerras mundiales (que, deteriorando el bienestar de todos, habrían contribuido indirectamente a reducir la brecha entre ricos y pobres), el crecimiento económico inusual de los llamados “treinta gloriosos” (en referencia a las tres décadas transcurridas entre la Segunda Guerra Mundial y la crisis del petróleo de 1973) y la aplicación generalizada de sistemas fiscales progresivos (cuanto más tiene o más gana un contribuyente, más esfuerzo se le exige).

Lo que Piketty viene a decir es que las transformaciones económicas y sociales experimentadas por los países occidentales durante la mayor parte del siglo XX permitieron que los mayordomos y las doncellas de Downton Abbey accediesen al nuevo status de clase media y se desvinculasen progresivamente de la familia Crawley. Para los condes de Grantham, en cambio, éste fue un periodo de decadencia.

De acuerdo con Le capital au XXIe siècle, en las últimas décadas se ha desandado buena parte del camino recorrido y hemos vuelto a unos niveles de concentración de la riqueza propios de principios del siglo pasado.

Conviene matizar que, cuando se afirma que el 1% más rico de la población es tan rico hoy como hace cien años, no se está afirmando que el 99% de la población viva igual (o peor) que los mayordomos y las doncellas de Downton Abbey, sino que la diferencia de riqueza entre la familia Crawley y su personal doméstico ha vuelto a ser la misma que hace un siglo.

Las conclusiones que se infieren de Le capital au XXIe siècle son ciertamente preocupantes cuando se observa la tendencia de las tasas de crecimiento de la economía occidental desde finales de los años 70 en adelante. Las políticas distributivas no son fáciles de aplicar incluso cuando la economía crece de manera significativa (lo que, teóricamente, permite mejorar la situación de los menos favorecidos sin deteriorar en términos absolutos la situación de los más favorecidos). Resulta inquietante pensar que, si el crecimiento económico se estanca y las políticas distributivas se debilitan, la única posibilidad de progreso individual podría consistir en quitarle al vecino lo que es suyo.

Afortunadamente, un trabajo semejante ha suscitado numerosas reacciones e interrogantes en el mundo académico. Desde este punto de vista, Le capital au XXIe siècle, como cualquier obra de referencia, no cierra un debate sino que lo abre.

Quizás la más relevante entre todas las críticas sea la que hace referencia a una de las principales hipótesis con las que trabaja Piketty, según la cual el cociente entre el capital y la renta tiende a igualarse a largo plazo con el cociente entre la tasa de ahorro y el crecimiento económico. Para algunos economistas, esta hipótesis se apoya en una visión poco realista del comportamiento del ahorro en la economía.

Otros economistas discrepan sobre el papel secundario al que Piketty relega factores importantes como el sistema educativo, el cambio tecnológico y la globalización de la economía. Tampoco suscitan unanimidad las predicciones pesimistas que encierra Le capital au XXIe siècle, ni la solución propuesta por Piketty (en forma de impuesto global a la riqueza), que es origen de controversia ideológica pero también científica.

Mención aparte merecen las críticas vertidas por el diario británico Financial Times, señalando supuestos errores estadísticos en uno de los capítulos, cuestionando aspectos metodológicos puntuales y acusando al autor de un uso tendencioso de la información disponible. La contestación del propio Piketty es exquisita, empezando por haber colgado en Internet (con anterioridad al artículo del Financial Times) los ficheros estadísticos utilizados en la elaboración del libro, que incluyen los apéndices técnicos, precisamente para promover un debate trasparente sobre estas cuestiones.

Da la impresión de que el Financial Times no ha comprendido que la intención de Piketty no consiste en estimar el radio de la Tierra que, como sabemos, no es una esfera perfecta. Lo que Le capital au XXIe siècle pretende mostrar es que navegando hacia el Oeste se llega al Este.

Piketty no es anticapitalista, como algunos quieren o temen ver en él, pero Le capital au XXIe siècle resulta incómodo porque, siendo un trabajo académico de primer nivel, nos recuerda que nadie ha hecho méritos ni deméritos para nacer mayordomo o doncella en la country house de Downton Abbey, ni formar parte de la familia Crawley o tener aspiraciones de suceder a los condes de Grantham.

Una sociedad que no quiera regirse por el determinismo de clase tiene que arbitrar entre dos principios que a menudo entran en conflicto: el derecho inalienable de los individuos a prosperar (o no) con el fruto de su esfuerzo y la distribución de rentas necesaria para que la igualdad de oportunidades sea creíble. Ni el igualitarismo del comunismo, ni la sociedad servil de Downton Abbey.